El otro día me puse a pensar(me) y compararme con un puerto. Con mucha frecuencia la gente pasa por mi vida, va y viene a displicencia.
Pero no todos se quedan.
Supongo que sí, soy como un puerto que da una cálida bienvenida sobretodo cálida, y no obliga a quedarse. No obligo a que nadie estanque sus anclas.
Supongo que simplemente no soy para el paladar de cualquiera.
Y eso me encanta.

