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2 de diciembre de 2012

Motivos para enamorarse.

― Pero ¿por qué te fijaste en mi?
― Porque sos raro. Sos un chico raro. Ni bien te ví, lo noté y por eso me llamaste la atención. Algo en tu cara, en tus facciones, en tu pelo enredado y enmarañado me hacía llegar una oleada de algo familiar. Como algo que me remitía a casa.
Capaz lo que me gustó era esa sensación que me hacías llegar de no parecerte a los demás en absoluto. ¿Cómo explicarlo?
Me gusta que no te pareces a nadie del círculo de gente que frecuento. Me gusta que no sos del todo lo que aparentas. Me gusta como usas el humor para zafar de situaciones incómodas, porque es un humor que yo también uso. Me gusta como te amañaste para hacer que yo te compre un fernet. Creo que podría llegar a gustarme la música que escuchás  también, si me pusiera a escucharla, aunque tengamos un 20% de gustos similares en ese aspecto. Pero me gusta la música que hacés. La que creas con tus manos cuando te calzás la guitarra. Me gusta tu nariz... me gustan tus cachetes. Me gusta que no tenés una sola foto donde tengas una cara normal. Me gusta tu estilo y me gusta que hayas ido a encararme cuando yo no me atrevía. Por momentos, podrías tener un aire a Adam Sandler en The Wedding Singer. Me gusta que tuviste las agallas de decirme "hipster" (aunque no lo soy). Pero de todo, ¿sabés que es lo que más me gusta? Me encanta como te ponés cuando mirás una película. Te sentás derecho y con los ojos de frente a la pantalla. Por el resto de la peli, sólo te volviste a mover un par de veces. Y el resto del mundo desaparece y es como que quedás vos sólo frente a la pantalla. Puede haber gente moviéndose, cambiándose de lugar, entrando o saliendo, ruidos, distracciones. Pero a vos nada te saca de la peli. Nada.
Y eso me gusta mucho.

Te juro que si hoy me repitieras la pregunta, te respondería todo esto en ves de ese insulso y tímido "nosé".


3 de noviembre de 2012

Vestido de cumpleaños (tirado al fondo del placard).

Para mi cumpleaños, me compré un vestido nuevo. Blanco, ajustado, muy provocador. A primera vista no parecería algo que yo usaría, pero tenía una idea en mi mente de como quería lucir esa noche. Y el vestido se correspondía a lo que quería mostrar. Una mina nueva, fresca, mas delgada. Una mina superada.

Ahora el vestido se encuentra tirado, en el fondo del placard, esperando una nueva oportunidad para salir al mundo. Lo que el vestido no sabe es que eso no va a pasar. Ese vestido, que me compré de apuro la tarde de un viernes 16 de marzo, no lo voy a volver a usar nunca mas. En parte porque no me gusta como me queda. Pero mayoritariamente, porque no me gusta lo que representa. Me veo en el vestido y no soy yo. Sólo lo usé una vez, pero es sorprendente cuando te marca algo que sólo haces por un tiempo. Y cuando te das cuenta y ya no lo querés mas, igual sigue ahí, como un recordatorio de que alguna vez lo quisiste.

Ojalá las cosas que ya no queremos que formen parte de nuestro presente fuesen tan fáciles de desechar como un vestido que ya no tenemos intenciones de utilizar: guardándolas dentro de un placard. Lejos de todos y sólo a nuestro alcance, cuando queremos recordarlas porque sirven como ejemplos de algo que ya no necesitamos. 

Pero las cosas no son tan sencillas, ¿no?






22 de octubre de 2012


O RLY?

¿Qué pasó con la caballerosidad? ¿Sólo existe en las películas de los '80? Quiero a John Cusack sosteniendo una radio afuera de mi ventana. Quiero cabalgar sobre una cortadora de césped con Patrick Dempsey. Quiero a Jake, de 16 Candels esperando fuera de la Iglesia por mi. Quiero a Judd Nelson arrojando su puño en el aire porque sabe que me tiene. Por una vez quiero que mi vida sea como una película de los '80, preferentemente una con un número musical realmente impresionante, sin razón aparente. Pero no, no, John Huges no dirigió mi vida.


Olive Penderghast, Easy A (2010).    



3 de octubre de 2012

Esa mirada.

No son esas miradas de deseo. De tu alma pidiéndome más, porque está insatisfecha. No son esas miradas casuales, de mitad de charla, cuando tus pupilas se posan en las mías. No son esas miradas pudorosas de cuando estamos desnudos, ni las miradas dadas cuando terminamos enredados en los brazos del otro. Tampoco las miradas pasajeras y fugaces, rápidas para no ser detectadas ante los demás. Ni siquiera las pispeadas escurridizas acompañadas de sonrisas pícaras.

Es esa mirada, cuando tu semblante está serio. Tu alma desarmada y tus labios cansados. Me mirás, fijo, como diciéndome "estoy cansado, lo único que quiero es paz". Me mirás medio resignado, como examinándome e intentando leer a través de mi. Es una mirada sincera. Quizás lo único sincero que alguna vez obtenga de vos. Estos momentos de unión no fueron muchos (los puedo contar con los dedos de una mano), pero están, pasan.

Y esas son las miradas que me hacen mantenerme ahí, al borde, expectante. Es mi única recompensa, lo único que saco de todo esto y por lo que aún me mantengo en esa situación. Colgada del anhelo, de la ilusión que me dice "Capaz que sí. Capaz, haya algo que esperar".