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10 de septiembre de 2012

El fondo.

Mi fondo solía utilizarlo como escenario de mis primeros cuentos. Esos de la infancia, esos que nunca se olvidan. Era grande, inmenso, o eso parecía a los ojos de una nena de 6 años. Frondoso, verde, cómo sólo puede estarlo un pedazo de tierra cubierto con un sinfín de árboles de naranjas. 

Por momentos era un enorme bosque, de esos de la época medieval, opulento, ominoso, en dónde habitaban criaturas como lobos, damiselas en peligro, o algún que otro bandido de buen corazón. Había un castillo emplazado en el medio, con una fosa rodeándo sus paredes de piedra (la canaleta por dónde pasaba el agua de la cocina, o el lavadero). En otras ocasiones era una selva tropical (mas precisamente en verano), llena de tigres, cazadores e indígenas corriendo entre las ramas. Las sogas de la ropa servían de lianas, el calor de enero ayudaba a que sea mas creíble.

Cuando era invierno, a la siesta, los juegos se suspendían momentáneamente, porque mamá me encomendaba la tarea de recolectar las naranjas de los árboles. Supervisada por ella, tomábamos el gancho para bajar las naranjas, el balde para ponerlas, y nos embarcábamos en una historia digna de Huckelberry Finn. Recolectábamos suficientes para luego, ir a tomarlas en el solcito de la siesta invernal, en el garage, mirando a los autos pasar.

También solía ser el modo de comunicación con Ivan, mi vecino de la casa atrás de la mia. Ivan era unos 4 años menor. Rubio, salido de una novelita yanki, compartíamos varias horas con una reja de por medio.

Ese fondo encierra tantas travesuras, aventuras de infancia imposibles de borrar. Y hoy, cuando veo a mi propio hijo comenzando a dar sus primeros pasos en el mismo fondo en donde yo pasé tardes enteras con un festín de historias sin final, se me pone la piel de gallina.

Un poco, nada más.


(Sí, quedaría re linda una foto del fondo, pero no tengo una, ni ganas de sacarla).



25 de mayo de 2012

Dama antigua latina.

Desde chica, obviamente, siempre me tocó hacer de negrita mazamorrera.

Digo obviamente porque la mayoría no debe conocerme en persona, pero soy una mina de piel morena, bien morocha argentina y orgullosísima de serlo.

Y ya que nos cerramos a las limitaciones de la piel, la ecuación con respecto a la participación de niños y niñas en actos conmemorando fechas patrias sería la siguiente:

Niño de piel clara = Caballero antiguo.
Niño de piel morena = vendedor de velas, lechero, esclavo, etc.

Niña de piel clara = Dama antigua.
Niña de piel morena = mazamorrera, vendedora, etc.
Así fue siempre, así que me soprendió cuando en 4to grado me seleccionaron como dama antigua.

Mamá no tuvo mejor idea que arruinarlo haciéndome ella misma el vestido, porque mi mamá era una mujer Utilísima, pero la cosa es que ella no es buena haciendo ropa. Entonces me quedó un vestido ROSA (pésima elección de color para empezar) con los hombros grandes tipo hombreras onda Melanie Griffith en Secretaria Ejecutiva, las mangas largas haciéndose finiiiitas al final de mi muñeca, sin volados, ni nada. Parecía una tabla rasa. Y un velo negro y una peineta de plástico. Sí, se imaginaran que daba algo de lástima.

Mamá laburaba toda la mañana en ese entonces, así que no podía darse el lujo de faltar para mis actos. Entonces me juntó todo (el vestido, los accesorios y los zapatos) en una bolsita para que me cambie. Maquillaje no teníamos (mamá nunca fue de usarlo) así que me dijo que le pida a otra de las madres que por favor haga el favor de maquillarme. Verguenza fue la primer palabra en venirme a la cabeza. El hecho de llegar al colegio e ir al salón donde todas las demas nenas se estaban preparando, con sus madres oficiando de una especie de Leandro Rud preparándolas como modelos para desfile, me dió algo de pena, pero pensé que tenía que superarlo así que entré y comencé a prepararme. Una de las madres me ayudó con mi vestido y mi maquillaje, ocultando la mejor cara de "pobre criatura descuidada". Yo le quería decir que no era descuidada, pero mi mamá era muy orgullosa como para mandarme a hacer un vestido que iba a usar una vez. Y tampoco era tan femenina como para tener kilos de maquillaje con ella. Y no estaba al pedo para ir a vivir al colegio como el resto de las demás madres.

Cuando estaba todo listo, nos preparamos para salir a escena. Gracias al cielo fue la única vez que tuve que hacerlo. Durante la performance (sí, yo también me sumo a la ola de gente progre que cambia palabras en español al inglés, como cupcakes para magdalenas), estaba tan nerviosa que me pasé mirando al piso y cuando me tocó pasar al frente a recitar parte de mi diálogo (porque encima había sólo dos micrófonos y teníamos que irnoslos pasando a medida que nos tocaba hablar), me tropecé con mi propio vestido. CON MI PROPIO VESTIDO. Si hay una definición de lo menos, soy yo en ese acto a los 9 años.

Afortunadamente, mis habilidades al frente de los actos escolares fueron mejorando. Después estuve en bocha de obras o simplemente leyendo los anuncios. Pero uno nunca olvida el debut y mi debut fué haciendo de dama antigua latina, a lo Gabrielle Solís en Desperate Housewifes, tropezándome y dándole miraditas nerviosas al chico que me gustaba, que hacía de caballero. 

13 de febrero de 2012

Tabú.

Hablando con la amiga de un amigo, me dí cuenta que la primera vez que ví un miembro masculino, fué a los 9 años. Me fuí a visitar a un amigo de la infancia. Él me recibió en pijamas. Eran las 4 de la tarde. Nos sentamos y su pijama pantalón estaba abierto donde no debería. Miré casi sin querer. Por inercia. El tendría unos 8 años.
También lo ví al padre en bolas. Entré al baño y el buen hombre estaba ahí, desnudo, cagando y leyendo el diario, todo un clásico. Me miró con una sonrisa, la misma que siempre tiene desde que lo conozco y cerré la puerta traumada.
Creo que pasé demasiado tiempo en esa casa.

26 de enero de 2012

Facts.

  • Me sería extremadamente difícil estudiar Infancia si no lo tuviera al Crío.
  • De vez en cuando, necesito salir porque si me quedo mucho en casa me pongo a pensar muchas pabadas, cosas sin sentido o ideas raras...
  • Te extraño demasiado... y es algo que me gusta y me asusta a la vez. No quiero admitirlo, pero al final lo hago.
  • Si de mi dependiera, me pasaría toda la semana intentando preparar platos exóticos para comer. Pero no depende tanto de mi como de mi bolsillo.
  • Debe ser muy feo no saber lo que querés hacer con tu vida. Por suerte, ya no me pasa.
  • Algún día, no importa cuando, tengo que conocer Londres. Más precisamente Liverpool.
  • Me doy cuenta que estoy obsesionada con lo de arriba cuando me veo a mi misma planificando rutas de viaje.
  • Odio los superclásicos porque la gente se pone muy pesada e insoportable.
  • Una noche que involucre compañeras, pizzas y lenguas filosas jamás puede salir mal.

6 de enero de 2012

Reyes Magos.

Así como Navidad por Papá Noel, la Noche de Reyes era todo un acontecimiento para mi. Recuerdo que me copaba preparando el pasto (que en mi casa había mucho, ya que hay un patio inmenso) y lo dejaba en un plato rojo especial para la ocasión. Al lado, un balde de agua le hacía el aguante al plato. Sí, un balde de agua, lleno, porque los camellos seguramente debían de tener mucha sed, si tenían que cabalgar (o volar, no recuerdo bien como era) desde los desiertos del lejano oeste oriente. Yo sentía mucha lastima por los camellos. Siempre me gustaron los animales y me preocupaba por su bienestar. Y estos Reyes o lo que fueran los usaban como transporte por todo el mundo. Yo miraba los camellos en los libros de ciencias naturales en el colegio, o en los libros de animales que me compraban mis viejos. Y pensaba que eran animales que debían de ser muy flaquitos y su joroba los podria cansar. ¿Cómo era posible que la sociedad protectora de animales no tomara cartas en el asunto? Era muy raro.
Entonces yo les dejaba un balde de agua, el plato con césped y esperaba lo mejor. Me iba a dormir pensando que unos reyes con vestimenta muy rara y camellos de verdad iban a estar en mi patio. Los Reyes iban a mirar mi casa, a mi durmiendo (re pedobears los Reyes) y dejarme mi regalito, sin chistar. Los camellos no iban a entender nada, pero iban a deborar el pasto, tomarse todo el agua del balde y ponerse a comer el pasto del patio, si es que no les alcanzaba con el pasto del platito. 
Y yo me levantaba a la mañana siguiente, saludaba a mis papás e iba directo a donde estaba el par de zapatos, el balde medio vacio y el plato totalmente seco. Mi regalo me estaba esperando entre los cordones de las zapatillas. Jamás se me ocurrió preguntarme (hasta el momento, cuando tenía unos 7 años) de dónde salían y porque. Me ponía contenta que por lo menos los camellos se fueran con la panza llena y la garganta fresca.
Hoy lo recuerdo y me echo a reír. Ahora que pasaron todas estas fiestas, que ya a esta altura no sé si llamarlas comerciales, sociales, etc, me pregunto si no sería mejor dejar que mi crío no crea en esas cosas. Agarrar y decirle "mirá, papi, la cosa es que no hay Papá Noel, no hay Reyes ni nada de eso, la que te doy los regalos soy yo, tu papá o tus abuelos. Decí lo que queres y listo". Por que el momento de la verdad es todo un tema. En los noticieros, cuando los periodistas ponen notas sobre Papá Noel que está llegando, y pasan las listas de jugueterías "sólo para que los Reyes Magos se den una idea de qué llevar" me cago de risa. "¿No les da cosa mentirles a las criaturas? No son idiotas después de todo, algún día se van a dar cuenta". Cuando yo me dí cuenta de que estas cosas no existían, tenía unos 9 o 10 años y le pedí a los Reyes que me trajeran un album de figuritas de Pokémon. Acá en la provincia había una crisis muy fuerte, antes de la del 2001 a nivel nacional. Las cosas estaban delicadas en casa, no estabamos pobres, pero no había plata para tirar. Y a mi me dijeron que no me sorprenda si no me traen lo que pedí, por la crisis, etcétera, y yo pensaba "no soy estúpida, se que las cosas no están del todo bien", y ese año los Reyes me trajeron una cajita de rompecabezas de Pokémon. No hay que ser muy genio para saber qué significaba. Y el "capaz se equivocaron" de mis viejos no me iba a hacer olvidar ese detalle. Significó el fin de mi infancia y el principio de afrontar que cosas como no tener plata para darle el gusto a tu hijo es una realidad que puede llegar a pasar.
Pero por otro lado está esa magia invisible de ser una criatura que se porta bien todo el año pensando que al final será recompensado. Esa espera por seres inexistentes, por regalos, por deseos a cumplir. Esa expectativa que tarde o temprano se hace pedazos, como casi todo en la vida. Eso es algo que veo que los niños de hoy no tienen, y me parte el alma a veces, porque vos ves a una criatura de 5 o 6 años tirándoles cascotes a los perros o a nenitas perreando al ritmo del reggaeton y de inmediato de ponés a pensar "en mi época, a ese/a, los Reyes no le hubiera traido un regalo".