26 de agosto de 2013

Las manos.

Subí al colectivo como de costumbre, buscando mi asiento preferido, el que sobresale del subsuelo porque está arriba de una rueda. Me gusta ese asiento no sólo porque soy enana y mis pies quedan cómodamente suspendidos por la elevación del piso, sino porque el asiento es sin acompañante. Y a veces me gusta estar sola.

Ese día particularmente necesitaba algo de quietud porque estaba leyendo un libro para una materia, entonces era preferible tranquilidad  Se que es algo irónico pretender tranquilidad para concentrarme en un libro en un colectivo en hora pico, con niños saliendo del colegio, sus madres quejándose, la gente que sale del laburo. Pero a veces me es más fácil acostumbrarme a los ambientes hostiles.

Saqué el libro, comencé a hojear sus páginas desde la última vez que lo leí. No era un libro completamente nuevo, ya lo había leído antes. Así que me es fácil reconocer sus páginas, la tipografía, como está dividido, sus capítulos, partes y demás.

Estaba concentrada en la lectura, cuando alguien se me pone enfrente. Tan dentro de la lectura estaba yo, que ni cuenta me di que el colectivo ya estaba lleno. Un pibe, de unos 19 años, puso sus manos en la baranda del asiento adelante mio.

Comencé a mirarlas. Eran manos fuertes. No muy grandes ni chicas. Del tamaño justo. Eran manos varoniles. ¡Hace cuanto no tengo contacto con unas! Por alguna razón me sentí hechizada por las manos del joven  Quizás era tenerlas tan cerca, tan al alcance de mis manos. Pero algo me atraía hacia ellas.

Quizás percibiendo esto, el joven apartó sus manos. Las llevó a su bolsillo y jugueteaba con ellas nerviosamente. Igual podía seguir observándolas. Las manos bailoteaban dentro de sus jeans sin saber bien que hacer. A veces dos de los dedos quedaban afuera, otras veces la mano entera se me era arrebatada. Pero al final, la mano volvió a aparecer.

Es raro como podemos sentirnos atraídos a lo menos esperado de otro ser humano. Desde lo convencional como ojos, boca, inclusive partes menos románticas como pies. Quizás alguna marca bien distinguida como un tatuaje u otra natural como ser un lunar. Características de alguien que podrían transportarnos a otro lugar. O quizás, mejor, ¿a otra persona que hayamos conocido antes? ¿Serán estos rasgos recuerdos de otro tiempo?

 Luego de un rato, el pibe bajó y le dije adiós a sus manos escurridizas. No sé si habrá tenido un significado extremadamente espiritual o haya sido algo para sobre analizar. 

Pero si puedo decir que es la primera vez en meses que siento realmente la necesidad de contacto con otra persona. La necesidad de tocar, de abrazar, de sentir a otro. Y ese sentimiento, sumado a todo lo que vengo sufriendo desde hace meses, a todo lo que me estuve cerrando, es un gran avance.


6 comentarios:

JLO dijo...

sos una ternura al final!...

me encantó el relato y dos cosas: ese es mi asiento preferido también, pero me gusta mas del lado derecho, así puedo ver la vereda y la gente mas cerca... (no es porque tmb soy enano eh!)... y a veces uno se fija en l oque sea del otro, todo vale...

salu2...

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Entiendo eso de sentarse en un asiento individual.
Y quizas querer el contacto de alguien más. En mi caso, de una mujer atractiva. Supongo que quienes lean mi blog, se imaginen cual seria ideal.

Periférica dijo...

JLO: Jajaja, no se si es ternura, pero si reconozco que se extraña y hace falta por ahí el contacto del otro. Somos seres sociales después de todo.

Demiurgo: Todos necesitamos de alguien, sea en mayor y menor medida y no está mal aceptarlo. Y también tenemos nuestros gustos particulares. Nada está mal.

¡Saludos!

Lunática dijo...

Me sentí identificada. La forma en la que encadenaste el relato me encantó.
¡Saludos, Periférica! Ya tendremos "esas" manos.

Periférica dijo...

Lunática: Gracias Lunática (: ¡Si, ya llegaran!

Camille dijo...

Muy bello y cotidiano. Los amores pasajeros de los bondis.

Pd: A mi también sentarme en ese asiento específicamente